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El hombre rico llegó al pueblo de su padre a visitar a su madre, a quien no veía desde hacía 16 años. Pero al ver a una mujer desconocida junto a la puerta, se quedó sin palabras.

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No en casa, no. Pero venía a menudo. A tomar el té. A trabajar en el jardín. A conversar por la noche. No hablaban de lo que había sido. Hablaban de lo que es. Y eso bastaba.

Pasaron los años. Timur envejeció. Su cabello se volvió canoso, sus piernas empezaron a flaquear y necesitaba un bastón por las mañanas. Pero cada día comenzaba igual: abría la puerta. ¿Quizás alguien decidiera regresar?

Si alguien preguntara:

"¿Por qué haces esto?"

Él respondería:

Porque debe haber puertas que nunca se cierren. Si no, el corazón deja de latir.

El último capítulo de la vida de Timur fue tranquilo. Se quedó en el pueblo. Allí lo encontraron y allí lo enterraron.

Cuando se fue, el silencio invadió el pueblo. No porque todos lo quisieran, sino porque sabían que él era quien les había enseñado a esperar, a perdonar y a creer.

Ahora, en la piedra de la tumba de Raniya y Timur, está grabado:

“A veces el camino a casa es el camino hacia ti mismo”.

Y todo el que viene aquí encuentra estas palabras como suyas. Cada uno, con su dolor, su arrepentimiento, su esperanza.

Y cada uno se va un poco diferente.
Más cerca de casa.
Más cerca de sí mismo.

EL FIN.

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