Se quedaron en silencio un buen rato.
Entonces Aarav dijo en voz baja:
“Una vez dijiste que la gente que lo tiene todo solo necesita humanidad…
Finalmente entiendo lo que querías decir.”
Ananya bajó la mirada y dijo mientras acomodaba pan fresco en los estantes:
«La vida no es fácil aquí, señor... pero es tranquila. Cada mañana, al amasar, siento que las heridas cicatrizan un poco».
Aarav sonrió con una dulzura que nunca había mostrado a nadie.
«Tu panadería tiene un nombre precioso», dijo. «Caléndula de Ananya... ¿por qué caléndula?»
Se rió levemente.
«Porque las caléndulas son comunes, pero resistentes. Como las relaciones verdaderas: puede que no sean elegantes, pero perduran».
Aarav la observó en silencio.
«Y si una relación se rompe... ¿entonces qué?»
Ananya lo miró, esta vez sin miedo, sin distancia.
«Entonces se puede volver a plantar... si ambos lo desean».
Pasaron los días.
Aarav seguía visitando el pequeño pueblo, siempre con alguna excusa, pero ambos sabían la verdad:
él venía por ella.
Pronto, la panadería se convirtió en su hábito:
ayudaba a amasar, servía té a los clientes y por las noches se sentaba en el banco a mirar a los niños jugar.
El hombre de la gran ciudad se había enamorado de la sencillez del pueblo.
Ya no necesitaba relojes de oro, solo tiempo pasado tranquilamente con Ananya.
Un día, afuera de la panadería colgaba un cartel:
“Tercer aniversario: ¡dulces gratis para todos!”.
La gente llegó, resonaban las risas, los niños untaban pasteles con crema.
Entre la multitud, Ananya vio a Aarav sosteniendo una pequeña caja.
“¿Qué es esto?” preguntó sonriendo.
“Nada… solo un pequeño regalo para tu panadería”, dijo.
Ella lo abrió: dentro había una guirnalda de caléndula seca y debajo una nota.
Ananya leyó:
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