Ananya ni siquiera miró el dinero.
Caminó directamente hacia Aarav, se agachó y lo cubrió con un chal.
En un suave susurro ella dijo:
“Deseo que no te sintieras tan solo…”
Se quedó allí un momento y luego cogió el reloj de la mesa.
El corazón de Aarav se aceleró, pero Ananya simplemente limpió el reloj con su pañuelo, lo pulió y lo dejó exactamente donde estaba.
Antes de irse, colocó algo sobre la mesa:
una flor de caléndula seca y una nota doblada.
Aarav esperó hasta que ella salió de la habitación.
Luego abrió la nota. Decía:
“A veces, las personas que lo tienen todo son las que más necesitan un poco de humanidad”.
No pudo dormir esa noche.
Esa frase resonaba en su mente, derribando muros que aún tenía en su interior.
Al día siguiente, vio a Ananya a través de la ventana, limpiando el cristal en silencio.
Cada movimiento suyo transmitía honestidad, sin ostentación, sin codicia.
Pasaron los días, y esta "prueba" se convirtió en un hábito para Aarav.
Todas las noches fingía dormir, y todas las noches Ananya hacía lo mismo: lo cubría, apagaba la linterna, le decía algo amable y se iba.
Una noche, Aarav no pudo contenerse.
Cuando ella se dio la vuelta para irse, él abrió los ojos de repente.
¿Por qué haces esto?, preguntó suavemente.
Ananya se quedó paralizada.
"Señor, ¿estaba despierto?"
"Estaba fingiendo", admitió, avergonzado. "Quería ver quién era usted realmente".
Sus ojos se humedecieron.
"Así que me pusiste a prueba..."
Aarav bajó la cabeza.
«Pensé que todos querían algo de mí. Pero tú... solo dejas flores».
Ananya sonrió con dulzura.
"Porque alguien me dijo una vez: cuando una persona se esconde tras los muros de su riqueza, está rodeada de cosas, no de personas".
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