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El gerente la humilló por parecer pobre… sin saber que ella era la jefa millonaria… “Quítate de mi vista, mendiga”.

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Era invisible, tal como lo había planeado. En el piso 17, el Departamento de Recursos Humanos bullía de actividad matutina. Camila Torres, de 24 años, la recibió con una sonrisa profesional que no disimuló del todo su sorpresa ante la modestia de la nueva empleada temporal. "Buenos días, soy Isabel Fuentes. Estoy aquí para el puesto de recepcionista temporal". "Por supuesto, la esperábamos. Bienvenida a Altavista". Camila la condujo a un escritorio en el área común, una computadora vieja, una silla incómoda y vista directa a la fotocopiadora.

El contraste con los escritorios ejecutivos era marcado y deliberado. Aquí es donde trabajarás. Las tareas son básicas: contestar el teléfono, recibir visitas, archivar documentos. Nada complicado. Isabel asintió, observando en silencio su entorno. Rosa Gaitán, una secretaria de 60 años con el cabello canoso perfectamente peinado, la saludó cálidamente desde su escritorio. Había algo maternal en su mirada, como si reconociera en Isabel a alguien que necesitaba protección en este implacable mundo corporativo. Luis Ramírez, el jefe de seguridad de 45 años, caminaba por la zona y la observaba discretamente.

Había algo en esa mujer que no encajaba del todo. Su postura era demasiado erguida para alguien en su aparente situación económica. Sus modales eran demasiado refinados, su forma de observar el entorno demasiado analítica. Durante la primera hora, todo transcurrió con normalidad. Isabel contestaba llamadas, organizaba documentos y sonreía educadamente a los empleados que pasaban. Algunos la trataban con indiferencia, otros con condescendencia, pero nadie con crueldad, hasta las 9:15 a. m. Las puertas del ascensor se abrieron y Julián Mena apareció como una tormenta con traje.

Cuarenta y dos años de ego corporativo y abuso de poder. Su cabello engominado hacia atrás brillaba bajo las luces fluorescentes. Su reloj suizo captaba los destellos de luz como un faro de arrogancia. Julián había construido su carrera sobre una filosofía simple: el respeto se gana con el miedo, y el miedo se cultiva humillando a quienes no pueden defenderse. Su mirada se fijó de inmediato en Isabel, la chica nueva, la que desconocía las reglas del juego. "¿Quién es esa?", le preguntó a Camila, señalando a Isabel como si fuera un objeto fuera de lugar.

Es Isabel, la nueva recepcionista temporal. Julián se acercó al mostrador auxiliar con la lentitud calculada de un depredador. Isabel levantó la vista, sosteniéndole la mirada sin pestañear. Ese fue su primer error. En el mundo de Julián, los empleados de bajo rango no miran a los gerentes a los ojos. Temporal. Su voz era cortante. ¿De dónde es usted? Tengo experiencia en recepción, señor. No es eso lo que pregunté. Julián tomó el currículum de Isabel y lo hojeó con desdén.

Le pregunto, ¿de dónde es usted? Porque, al mirarlo, no parece el tipo de persona que suele trabajar en Altavista. El ambiente en la oficina cambió, las conversaciones se detuvieron, los teclados se silenciaron. Camila se tensó en su silla. Rosa levantó la vista preocupada. Isabel mantuvo la compostura. Necesito el trabajo, señor. Ah, sí, usted necesita el trabajo. Julián sonrió con crueldad. Y supongo que cree que una empresa como Altavista es su salvación, ¿no? Que aquí encontrará la estabilidad que claramente no ha podido encontrar en ningún otro lugar.

Cada palabra era una puñalada calculada. Isabel sintió que la humillación se extendía por la oficina como un veneno silencioso. «Solo quiero hacer bien mi trabajo», respondió con dignidad. Esa respuesta encendió algo malévolo en los ojos de Julián. La dignidad en los pobres lo enfurecía. Era como si se negaran a aceptar su lugar en el orden natural de las cosas. Y entonces llegó el momento que lo cambiaría todo. Julián se irguió, miró a su alrededor para asegurarse de tener audiencia y gritó las palabras que resonarían para siempre entre aquellas paredes.

"¡Quítate de mi vista, miserable hambriento!". Pero la humillación verbal no le bastó. Su sed de poder y crueldad exigía más. Caminó hacia el dispensador de agua con paso calculado. Llenó un cubo de limpieza junto a la fotocopiadora y regresó con Isabel. La oficina se sumió en un silencio sepulcral. Cuarenta empleados observaron horrorizados cómo Julián se acercaba a Isabel con el cubo de agua fría. "A ver si esto te ayuda a entender tu lugar en este mundo", murmuró con una sonrisa sádica.

Y sin previo aviso, le echó el cubo entero de agua encima a Isabel. El agua la empapó por completo. Su chaqueta se le pegaba al cuerpo. Su cabello goteaba. Sus zapatos se llenaron de agua. Gotas heladas le resbalaban por la cara, mezclándose con lágrimas de humillación que no pudo contener. El silencio que siguió fue ensordecedor. Cuarenta pares de ojos estaban fijos en Isabel, que permanecía allí empapada y temblorosa, pero con una dignidad que ni toda el agua del mundo podría borrar.

Pero en sus ojos había algo que Julián no podía ver, una chispa no de derrota, sino de determinación. Incluso empapada, incluso humillada de la forma más degradante posible. Había algo inquebrantable en su mirada. Camila fue la primera en reaccionar. Se levantó del escritorio con lágrimas en los ojos y corrió al baño a buscar toallas. Rosa se quedó paralizada, pero sus manos temblaban de indignación mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Luis, que había subido justo a tiempo para presenciar la escena, sintió una rabia que no había experimentado en años.

“Aquí tienes”, susurró Camila, ofreciéndole toallas a Isabel. “Lo siento mucho, muchísimo”. Isabel tomó las toallas con manos temblorosas y se secó la cara. Pero su voz era firme al responder: “Gracias, Camila, no es tu culpa”. Julián observó la escena con una satisfacción perversa antes de regresar a su oficina como si nada hubiera pasado. Para él, había sido solo otra demostración de poder. Para todos los demás, había sido la humillación más brutal que habían presenciado en un entorno corporativo.

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