Hubo un silencio de esos que duelen, de los que te obligan a mirar hacia adentro. Y entonces, alguien aplaudió. Fue un estudiante en la grada superior. Luego otro. Y otro. En cuestión de segundos, el auditorio entero estaba de pie. No era un aplauso cortés como el del principio; era un rugido, una ovación cargada de emoción y respeto.
Álvaro seguía inmóvil, mirando la pantalla, mirando el error que su soberbia le había impedido ver. Lentamente, se giró hacia Tomás. El arquitecto, el gran genio, parecía de repente más pequeño, más humano.
El público esperaba una reacción defensiva, más gritos. Pero algo se había roto dentro de Álvaro para dejar entrar un poco de luz. Caminó hacia Tomás. Le temblaba levemente la mano cuando la extendió.
—Perdón —dijo Álvaro, y aunque no tenía micrófono, se le entendió perfectamente—. Y gracias.
Tomás aceptó el apretón de manos con fuerza, sus manos ásperas envolviendo las manos suaves del arquitecto. Esa imagen, el traje impecable y la ropa de trabajo, las manos de manicura y las manos de lija unidas, fue la foto que se hizo viral esa misma tarde.
Al día siguiente, Tomás Ríos volvió a la obra a las siete de la mañana. No había cambiado su rutina. Mientras mezclaba el cemento, sus compañeros lo recibieron con palmadas en la espalda y bromas sobre su fama repentina. Él solo sonreía.
No aceptó las ofertas para salir en televisión ni quiso convertirse en un influencer. Pero sí aceptó una cosa: una invitación de la Universidad Nacional para liderar un nuevo programa, uno revolucionario. Un taller obligatorio donde los estudiantes de arquitectura debían pasar tres meses trabajando como albañiles, aprendiendo a respetar el material y a las personas que lo manejan.
La Torre Horizon se construyó, pero con las correcciones de Tomás. Y en la entrada del edificio, si uno mira con atención, no hay una placa gigante con el nombre de Álvaro Santillán. Hay una pequeña inscripción en bronce, cerca del suelo, al nivel de la vista de un niño, que dice:
“La grandeza de un edificio no está en su altura, sino en la humildad de sus cimientos.”
Tomás nunca dejó de usar sus botas de trabajo. Decía que le ayudaban a recordar que, por muy alto que subas, siempre debes mantener los pies firmemente plantados en la tierra.
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