—¡No te acerques! —la voz de Camila estalló con una fuerza que hizo retroceder a todos—. Durante 30 días, tú y esta mujer exhibieron a un niño moribundo como si fuera un trofeo de caza. Le cancelaron sus tratamientos. Lo sacaron de su incubadora para tomarle fotos con políticos y presumirlo en Las Lomas.
Camila dio un paso al frente, clavando su mirada en los ojos inyectados en sangre de su aún esposo.
—Dime, Lucas… ¿qué se siente asesinar a tu propio hijo con tus propias manos por un simple berrinche de ego?
Los lamentos de Doña Teresa, llorando por la destrucción del “prestigioso” apellido Aldama, resonaban en el pasillo, pero a Camila ya no le importaba. Antes de dar media vuelta, dejó caer una última carpeta sobre los zapatos de Lucas. Contenía la demanda de divorcio absoluto y la querella penal por sustracción de menores, intento de homicidio y negligencia criminal.
Esa madrugada marcó el fin de una era y el inicio de otra.
En menos de 48 horas, el escándalo explotó en todos los noticieros y portales financieros de México. El Grupo Aldama se desplomó en la bolsa de valores. Los inversionistas huyeron despavoridos ante la noticia de que el CEO había robado bebés en un hospital privado. Los socios mayoritarios convocaron una junta extraordinaria y expulsaron a Lucas, despojándolo del 100 por ciento de su poder. Doña Teresa, la mujer que vivía de las apariencias, se encerró en su mansión en Valle de Bravo, repudiada por toda la alta sociedad que antes le rendía pleitesía. Mariana Duarte terminó internada en una clínica psiquiátrica en Querétaro, consumida por la culpa de haber matado a su propio hijo por pura ambición.
El divorcio se firmó en tiempo récord. Lucas intentó buscar a Camila en Guadalajara en 3 ocasiones, arrastrándose bajo la lluvia, rogando ver al niño, pero los guardias de la familia Robles lo echaron a la calle como a un vagabundo.
Camila no se derrumbó. Impulsada por el amor a su hijo y una sed de triunfo inquebrantable, tomó las riendas del Grupo Robles. En solo 2 años, expandió el imperio hacia Estados Unidos, España y Colombia, convirtiéndose en una de las mujeres más poderosas y respetadas de toda América Latina.
Años más tarde, durante una tarde dorada en los jardines de su hacienda en Jalisco, Camila observaba a su hijo correr feliz, lleno de vida y rodeado de amor. Ya no quedaba rastro de dolor en su alma. Había perdido a un marido cobarde y a una familia política podrida, pero había salvado lo único sagrado: su dignidad y la vida de su pequeño.
Mientras el niño reía a carcajadas atrapando mariposas, Camila sonrió al cielo, respirando la paz que solo experimentan aquellos que sobreviven al infierno. Ellos creyeron que podían jugar a ser dioses con la vida, pero fue ella quien dictó la sentencia final.
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