María, sin dudar, tomó su propio recipiente de comida y se lo entregó.
—Toma, cariño. Come despacito.
Claudia comió un poco… y luego, inesperadamente, guardó la mitad en una bolsita sucia.
—¿No lo vas a terminar? —preguntó María.
—Lo voy a compartir con los otros niños de la plaza. Ellos también tienen hambre.
Alejandro quedó en silencio.
Una niña que no tenía nada… pensando en los demás.
Él, que lo tenía todo… pensando solo en sí mismo.
Entonces Claudia lo miró directamente.
—¿Por qué usted no camina?
Alejandro tragó saliva.
—Porque mis piernas no funcionan desde hace cinco años.
Claudia lo observó con total seriedad.
—Dios puede hacer que funcionen otra vez.
Él casi se rió.
—No creo en milagros, pequeña.
Ella inclinó la cabeza.
—Entonces yo creo por usted.
Antes de que alguien pudiera reaccionar, Claudia se arrodilló, colocó sus manitas sucias sobre las piernas de Alejandro y cerró los ojos.
—Diosito, haz que sus piernas se pongan buenas otra vez. Amén.
María sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
Alejandro sintió algo… un leve cosquilleo.
Lo ignoró.
Pero esa tarde, algo dentro de él se movió.
Antes de irse, Claudia le dio la mano como si estuviera sellando un contrato invisible.
Y desde ese día… volvió.
Todos los días. A la misma hora.
Hablaban, reían, compartían comida.
Y siempre, al final, ella oraba.
Primero fue un hormigueo.
Después pequeños pinchazos.
Luego una sensación de calor.
Los médicos no podían explicarlo.
—Señor Romero —dijo el doctor López durante una sesión—, sus nervios muestran signos de regeneración. Esto… no es normal.
Alejandro solo respondió:
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