En ese momento, se me cayó el alma a los pies. No se trataba solo de un producto defectuoso. Se trataba de confianza.
Confiamos en que los fabricantes de alimentos velen por la seguridad de nuestros hijos. Confiamos en que el control de calidad detecte los errores. Y, sin embargo, había un objeto extraño dentro de algo que mi hija comía casi a diario.
Los “qué pasaría si” me atormentaban:
- ¿Y si se lo hubiera tragado?
- ¿Y si hubiera provocado asfixia?
- ¿Y si hubiera pasado desapercibido?
- El impacto emocional
La lógica indica que fue un error de fabricación poco común. Pero como padre, la lógica no elimina el miedo.
Durante los días siguientes, mi hija dudó antes de abrir cualquier snack envasado. Preguntó:
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