El otro niño se llamaba Santiago, aunque durante 8 años nadie en la familia Mendoza pronunció su nombre.
Esa noche, mientras Daniel dormía abrazado a una cobija vieja y doña Elena rezaba en silencio, Alejandro escuchó toda la verdad en la cocina de aquella casa humilde.
Rosa contó que Isabel había llegado a la clínica con dolores antes de tiempo. Alejandro estaba en una misión militar en la sierra de Guerrero, incomunicado. Doña Graciela aprovechó eso.
Escogió una clínica pequeña, de esas donde el director saludaba a los ricos como si fueran dueños de la vida. Pagó en efectivo. Ordenó que nadie llamara a la familia de Isabel.
—Su esposa no murió luego luego —dijo Rosa, con la voz hecha pedazos—. Alcanzó a ver a un bebé, pero no al otro. Lloraba y preguntaba por usted.
Alejandro apretó los dientes.
—¿Y yo dónde estaba para ella?
Nadie contestó.
Porque la respuesta era una herida.
Rosa siguió hablando. Dijo que, sedada, Isabel firmó un papel creyendo que era autorización médica. En realidad, era una renuncia falsa a la custodia de sus hijos.
—Doña Graciela dijo que usted iba a rehacer su vida con una mujer de su clase —confesó Rosa—. Decía que esos niños eran una carga, una vergüenza, una cadena.
Alejandro golpeó la mesa con el puño.
Daniel despertó asustado en el cuarto.
Doña Elena fue a calmarlo.
—¿Dónde está Santiago? —preguntó Alejandro.
Rosa bajó la mirada.
—A Daniel pude sacarlo porque hubo confusión en la clínica. Lo envolví en una cobija y se lo traje a doña Elena. Pero a Santiago se lo llevaron los hombres de su mamá.
—¿A dónde?
—A la Ciudad de México. Después supe que terminó en una casa hogar clandestina. De ahí lo vendieron a gente que usaba niños para pedir dinero en los cruceros.
Alejandro sintió náuseas.
Toda su vida había perseguido criminales sin saber que el crimen más cruel llevaba su propio apellido.
No esperó al amanecer.
Llamó a Camilo, un viejo compañero de inteligencia que todavía le debía un favor. En pocas horas rastrearon documentos falsos, pagos en efectivo, placas de camionetas, registros de una supuesta fundación infantil y nombres que nadie se atrevía a decir en voz alta.
La pista los llevó a Iztapalapa.
Un terreno lleno de láminas, cartón, humo y perros flacos. Ahí vivían niños invisibles para todos. Niños que en la mañana limpiaban parabrisas, en la tarde vendían chicles y en la noche entregaban monedas a hombres que no les daban ni un taco completo.
Alejandro llegó sin uniforme. Chamarra negra, gorra y la mirada endurecida.
No quería que Santiago corriera como Daniel.
Entre montones de basura, vio a un niño cargando un costal más grande que su cuerpo. Tenía los labios partidos, la ropa sucia, las rodillas raspadas y los mismos ojos profundos de Daniel.
Alejandro lo supo.
Lo supo como se sabe cuando la sangre grita.
Un hombre gordo le aventó una botella vacía al niño.
—¡Muévete, Santiago! Si hoy no completas la cuota, no cenas, ¿me oíste?
El niño se agachó a recoger un pedazo de bolillo tirado junto a una llanta.
Antes de que pudiera llevárselo a la boca, el hombre se lo quitó de una patada.
—Eso no es tuyo, chamaco mugroso.
A Alejandro se le apagó la paciencia.
No hizo escándalo. No gritó. No amenazó.
Se acercó, torció el brazo del hombre y lo tiró al suelo antes de que pudiera reaccionar. Camilo ya había llamado a las autoridades federales, y en minutos el terreno se llenó de patrullas.
Los niños lloraban.
Algunos se escondían.
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