En cuanto me veía, se enderezaba y sonreía. «No me mires así, cariño. Estoy bien».
Pero él no estaba bien, y ambos lo sabíamos.
Una cosa que no dejaba de repetir mientras estaba sentado a la mesa de la cocina después del trabajo era: “Solo necesito llegar al baile de graduación. Y luego a tu graduación. Quiero verte toda arreglada y salir por esa puerta como si fueras la dueña del mundo, princesa”.
“Papá, vas a ver mucho más que eso”, siempre le decía.
Pero unos meses antes del baile de graduación, perdió la batalla contra el cáncer. Falleció antes de que yo llegara al hospital.
Me enteré mientras estaba en el pasillo de la escuela con la mochila todavía al hombro.
Lo único que recuerdo con claridad es mirar fijamente el suelo de linóleo y pensar que era idéntico al que mi padre solía fregar. Después de eso, todo se volvió borroso.
Una semana después del funeral, me mudé con mi tía. La habitación de invitados olía a cedro y suavizante de telas; nada que ver con mi hogar.
Luego llegó la temporada de bailes de graduación.
De repente, todo el mundo volvía a hablar de vestidos. Las chicas comparaban marcas de diseñador y compartían capturas de pantalla de vestidos que costaban más de lo que mi padre ganaba en un mes.
Me sentía desconectado de todo.
Se suponía que el baile de graduación sería nuestro momento especial: yo bajando las escaleras mientras papá sacaba muchísimas fotos.
Sin él, ya ni siquiera sabía lo que significaba.
Una tarde me senté en el suelo con una caja que contenía sus pertenencias del hospital: su cartera, el reloj con el cristal roto y, al fondo, dobladas con el mismo cuidado con el que doblaba todo: sus camisas de trabajo.
Azules. Grises. Y una verde descolorida que recordaba de hace años.
Solíamos bromear diciendo que su armario solo contenía camisas.
“Un hombre que sabe lo que necesita no necesita mucho más”, solía decir.
Tuve una de las camisas en mis manos durante mucho tiempo.
Entonces llegó la idea, repentina y clara.
Si papá no pudiera estar en el baile de graduación… podría llevarlo conmigo.
Mi tía no pensaba que estuviera loca, lo cual agradecí.
—Apenas sé coser, tía Hilda —le dije.
—Lo sé —dijo—. Yo te enseñaré.
Ese fin de semana extendimos las camisas de papá sobre la mesa de la cocina. Su viejo costurero estaba entre nosotros.
Tardó más de lo que esperábamos.
Corté la tela mal dos veces. Una noche tuve que deshacer una sección entera y empezar de nuevo.
La tía Hilda permaneció a mi lado durante todo el proceso, guiando mis manos y recordándome que debía ir más despacio.
Algunas noches lloraba en silencio mientras trabajaba.
Otras noches hablaba con papá en voz alta.
Mi tía o no oyó o prefirió no decir nada.