Me giré hacia mis veinticinco alumnos de segundo de Bachillerato. Promoción 2026. Los que, dicen, nacieron con una pantalla en la mano. Los “nativos digitales”. Los que supuestamente lo tienen todo claro.
Desde donde yo estaba, con sus caras iluminadas por el azul de móviles escondidos bajo la mesa, no parecían tener nada claro. Parecían cansados. Cansados de una manera que no debería existir a los dieciocho.
—Guardad los móviles —dije.
No grité. No amenacé. Lo dije bajo, con esa calma que no deja espacio para negociar.
—Apagadlos. No en silencio. Apagadlos.
Hubo un murmullo, un arrastre de sillas, alguna queja pequeña. Luego, uno a uno, las pantallas se apagaron. Y el aula volvió a sonar a aula: el zumbido de los fluorescentes, la calefacción, una tos contenida, un bolígrafo que rueda.
Llevo treinta años dando Historia en un instituto público de una ciudad trabajadora. He visto persianas bajar y no volver a subir. He visto familias apretar los dientes y luego quedarse sin palabras en la cena. He visto cómo el cansancio se metía en las casas como la humedad: al principio no se nota; luego está en todas partes.
En mi mesa había una mochila vieja, verde oliva. Lona gruesa, costuras gastadas, manchas antiguas. Era de mi padre. Olía a tela vieja, a metal, y a ese fondo de taller y carretera que se queda pegado para siempre.
Durante el primer mes, mis alumnos la ignoraron. Para ellos era “la chatarra del profe”.
No sabían que era lo más pesado de todo el instituto.
Esa clase estaba quebradiza. Esa es la palabra. No mala. No conflictiva. Quebradiza, como un vaso ya agrietado. Estaban los que caminaban anchos, como si la seguridad fuera un uniforme. Estaban los que hablaban demasiado alto para que nadie escuchara su miedo. Estaban los silenciosos con sudadera incluso en septiembre, intentando desaparecer contra la pared.
El aire en el aula era denso. No por odio. Por agotamiento.
—Hoy no toca temario —dije, agarrando la mochila y llevándola al centro. La dejé sobre un taburete.
Pum.
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