Sin embargo, la vida real no es un programa de televisión y el final feliz no fue automático. Los meses siguientes fueron un camino difícil y empinado. Carmen no le abrió las puertas de su vida a Alejandro de par en par. Le dejó claro que el dinero no compraba la confianza. “No quiero tu mansión, Alejandro. No quiero tus regalos caros. Si quieres ser su padre, tienes que estar aquí. Tienes que ir a las reuniones escolares, tienes que ayudarla con la tarea, tienes que estar cuando tenga fiebre, no solo cuando haya cámaras”.
Y Alejandro, por primera vez en su vida, cumplió. Vendió parte de sus acciones para tener tiempo libre. Se mudó a una casa modesta cerca de ellas. Aprendió a cocinar (mal), aprendió a peinar a Sofía antes de la escuela y aprendió a escuchar los silencios de Carmen.
Una tarde, un año después, estaban los tres en el porche de la nueva casa. Carmen ya estaba completamente recuperada, radiante, con el cabello creciendo nuevamente en suaves rizos oscuros. Sofía tocaba una melodía nueva en su guitarra.
Alejandro miró a Carmen. “¿Crees que algún día podré perdonarme a mí mismo?”, le preguntó en voz baja.
Carmen sonrió, una sonrisa que ya no tenía sombras. “El perdón es un camino, Alejandro, no un destino. Pero mira a nuestra hija. Mira lo que hemos construido de las cenizas. Si ella puede cantar con tanta alegría después de todo lo que pasó, creo que nosotros podemos aprender a ser felices de nuevo”.
Sofía dejó de tocar y los miró. “¡Papá, mamá! Vengan a cantar conmigo”.
Los dos se acercaron. Alejandro se sentó al lado de su hija y Carmen al otro lado. Juntos, bajo el atardecer dorado de Guadalajara, comenzaron a cantar. No era una presentación perfecta; había risas, alguna nota desafinada y mucha improvisación. Pero era real.
“Tú eres mi sol, mi único sol…”, cantaron al unísono.
Habían descubierto que el verdadero premio nunca fue el dinero ni la fama. El verdadero milagro no fue que Carmen sobreviviera al cáncer, ni que Sofía ganara el concurso. El verdadero milagro fue descubrir que el amor, incluso cuando se rompe, puede volver a soldarse más fuerte que antes en las grietas.
Con el dinero del premio y la ayuda de Alejandro, fundaron “Rayito de Sol”, una fundación que apoyaba a niños con padres enfermos, brindándoles educación musical y ayuda médica. Sofía no solo había salvado a su madre; estaba salvando a cientos de familias, asegurándose de que nadie tuviera que cantar solo bajo la lluvia para ser escuchado.
Y así, la niña que cantaba en las esquinas con una caja de cartón terminó dirigiendo la orquesta de su propia vida, con su padre a un lado y su madre al otro, demostrando que nunca es tarde para volver a casa, y que a veces, las canciones que cantamos con el corazón son las únicas que tienen el poder de cambiar el destino.
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