Un multimillonario llevaba a su prometida a casa cuando vio a su ex cruzando el paso de peatones con gemelas.
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Adrien Cole ajustó su Rolex de platino mientras conducía su Aston Martin negro medianoche por las sinuosas calles del centro de Seattle.
El sol del atardecer proyectaba destellos dorados sobre el interior de cuero, iluminando a la mujer a su lado: Cassandra Wells, de 28 años, con el cabello rubio perfectamente peinado en ondas sueltas y gafas de sol de diseñador elegantemente colocadas sobre su nariz. Era todo lo que él había deseado. Hermosa, independiente, sencilla.
—El restaurante tiene una lista de espera de dos meses —dijo Cassandra, mirándose en el espejo retrovisor—. Todavía no puedo creer que nos hayas conseguido una mesa para esta noche.
Adrien sonrió, con sus ojos gris acero fijos en el camino. A los 40, había aprendido que el dinero podía comprarlo casi todo, incluso la espontaneidad. Su cabello oscuro, con reflejos plateados en las sienes, reflejó la luz al girarse hacia ella.
“Ventajas de tener contratos de energía renovable con la mitad de la ciudad”.
Cassandra rió, con un sonido ligero y despreocupado. "Lo haces parecer tan simple".
Sencillo. Eso era exactamente lo que Adrien había deseado que fuera su vida después de años de relaciones complicadas, horarios exigentes y expectativas emocionales incumplidas. La simplicidad se sentía como un lujo.
Su relación con Cassandra duraba tres meses: lo suficiente para disfrutar de su compañía, pero lo suficientemente corta para evitar conversaciones serias sobre el futuro.
El semáforo se puso en rojo y Adrien detuvo el coche con suavidad. Su teléfono vibró con notificaciones del trabajo, pero las ignoró. Las tardes de los viernes eran sagradas ahora, reservadas para cenas, galerías de arte y conversaciones que nunca se aventuraban en territorio que no estuviera dispuesto a explorar.
"Me encanta lo relajado que estás estos días", dijo Cassandra, extendiendo la mano para tocarle la suya. "Cuando nos conocimos, parecías muy intenso".
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