En el hospital, los médicos confirmaron lo que Daniel temía: una neumonía avanzada, agravada por semanas —quizá meses— de frío y abandono. Ernesto fue ingresado de inmediato.
—Llegaron a tiempo —dijo el médico—. Pero ha estado viviendo en condiciones muy duras.
Daniel sintió una mezcla de alivio y culpa. ¿Y si aquella noche hubiera seguido caminando?
Durante los días siguientes, Daniel se turnó entre el trabajo, Mateo y el hospital. Ernesto dormía la mayor parte del tiempo. Cuando estaba despierto, hablaba poco, como si cada palabra tuviera que ser cuidadosamente elegida.
Una tarde, mientras Daniel le acomodaba la manta, Ernesto habló con voz muy baja:
—Si algo me pasa… hay algo que debes hacer por mí.
Daniel lo miró con inquietud.
—No diga eso.
—Escúchame —insistió—. En el bolsillo interior de mi chaqueta hay un papel. Es una dirección y un nombre. Mi hija. Se llama Lucía.
Daniel tragó saliva.
—Quiero que sepa que no la abandoné —continuó Ernesto—. Me alejé porque pensé que estaría mejor sin mí… Me equivoqué.
Daniel apretó los labios. No prometió nada, pero asintió.
Dos días después, Ernesto murió.
Fue tranquilo. Sin dolor. Daniel estaba allí, sosteniéndole la mano. Antes de cerrar los ojos, el anciano murmuró:
—Gracias… por verme.
El funeral fue sencillo. Apenas cinco personas. Daniel, Mateo y un par de vecinos del hospital. Nadie más.
Pero Daniel no olvidó el papel.
Una semana después, se armó de valor y fue a la dirección escrita. Un edificio moderno, en el centro. Dudó antes de tocar el timbre.
Abrió una mujer elegante, de unos cuarenta años. Su mirada pasó de la desconfianza al desconcierto cuando Daniel pronunció el nombre de Ernesto.
—¿Quién es usted? —preguntó con voz tensa.
—Me llamo Daniel —respondió—. Conocí a su padre.
Lucía palideció.
—Mi padre murió —dijo—. Me avisaron del hospital, pero cuando llegué… ya era tarde.
Daniel bajó la mirada.
—No murió solo.
Eso fue lo que la hizo romperse.
Se sentaron en una cafetería cercana. Daniel le contó todo: la lluvia, el encuentro, el apartamento, Mateo, la tos, el hospital. No adornó nada. No buscó quedar bien. Solo dijo la verdad.
Lucía escuchaba en silencio, con lágrimas cayéndole sin que intentara detenerlas.
—Yo creí que me había olvidado —susurró—. Pensé que me había abandonado.
Daniel sacó la fotografía que había encontrado semanas atrás.
—La guardaba como un tesoro.
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