El restaurante entero se quedó en silencio. Los pocos clientes que había dejaron sus tenedores en el aire. Las puertas de los vehículos se abrieron al unísono y de ellas descendieron cuatro hombres corpulentos, vestidos con trajes negros impecables y auriculares en los oídos. Parecían sacados de una película de espías. Detrás de ellos, bajaron dos hombres con abrigos de lana caros y maletines de cuero: abogados.
Caminaron hacia la entrada con una autoridad que hizo temblar al cocinero. Al entrar, el sonido de la campanilla de la puerta sonó ridículamente agudo en comparación con la gravedad de su presencia. Miraron alrededor, escaneando el lugar con frialdad, como si buscaran una amenaza… o un objetivo.
—¿Quiénes son? —susurró el cocinero desde la ventanilla de la cocina, con los ojos desorbitados—. ¿Problemas con la mafia?
—¿Hay alguna Mara Weaver aquí? —preguntó uno de los abogados con una voz potente que resonó en todo el local.
Mara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El corazón le latía tan fuerte que le dolían las costillas. Todos los ojos del restaurante se clavaron en ella. Estaba aterrorizada. ¿Qué había hecho? ¿Era por alguna deuda antigua? ¿Había pasado algo con Eleanor?
—S-soy yo —respondió, con la voz apenas un hilo, saliendo de detrás de la barra con las manos temblando.
—Señorita Weaver —dijo el abogado, suavizando ligeramente el tono, aunque su rostro permanecía inexpresivo—. Tenemos instrucciones de llevarla con nosotros inmediatamente.
—¿Llevarme? ¿A dónde? ¿Por qué? —Mara retrocedió un paso, chocando contra la máquina de café—. No he hecho nada malo.
—No está arrestada, señorita. Pero es imperativo que venga. Todo se le explicará en breve. Por favor, acompáñenos.
El miedo le retorcía el estómago, pero había algo más… una extraña intuición, un tirón del destino que le decía que debía ir. Se quitó el delantal lentamente, lo dejó sobre la barra y, bajo la mirada atónita de sus compañeros y clientes, salió escoltada por los cuatro guardaespaldas hacia una de las camionetas negras.
El viaje fue silencioso y surrealista. Mara miraba por la ventana tintada cómo el paisaje cambiaba. Dejaron atrás las calles grises y bacheadas de su barrio, pasaron el centro de la ciudad y comenzaron a subir hacia las colinas, hacia la zona más exclusiva y rica de la región. Vio mansiones cerradas con verjas de hierro, jardines que parecían campos de golf y cámaras de seguridad en cada esquina. Era un mundo que ella solo conocía por la televisión.
Finalmente, la caravana se detuvo frente a una inmensa propiedad. Una mansión de piedra antigua, rodeada de robles centenarios y un silencio majestuoso. Uno de los guardaespaldas le abrió la puerta como si ella fuera de la realeza. Mara bajó, sintiéndose pequeña con sus zapatillas desgastadas y su uniforme de camarera oliendo a grasa.
La guiaron a través de un vestíbulo con techos de cinco metros de altura, donde el sonido de un piano tocando una melodía suave resonaba en el aire. Los abogados la llevaron hasta un salón inmenso, donde unos ventanales gigantes mostraban un jardín cubierto de nieve.
Y allí, en el centro de la habitación, sentada en un sillón de terciopelo, estaba ella.
Pero no era la Eleanor que Mara conocía. No llevaba el abrigo negro raído ni el pelo despeinado. Llevaba un vestido de color lavanda de tela exquisita, el cabello peinado con elegancia y joyas discretas pero evidentemente valiosas. Sin embargo, cuando se giró, la mirada era la misma. Esos ojos que habían visto tanto dolor ahora brillaban con una luz diferente.
Mara ahogó un grito y se llevó las manos a la boca. —¿Eleanor?
La anciana sonrió, una sonrisa que iluminó toda la habitación. —Hola, querida.
Mara tropezó hacia adelante, las piernas le fallaban. Estaba abrumada, aliviada, confundida y al borde del llanto, todo a la vez. —No entiendo… pensé que te habías ido… pensé que te había pasado algo terrible. ¿Qué es todo esto?
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