PARTE 1
Mariana tenía 23 años y se acababa de graduar con honores de la Universidad de Guadalajara. La cena, en 1 exclusivo restaurante de Providencia, de esos con manteles blancos impecables y cortes de carne que cuestan lo mismo que la despensa de 1 familia durante 1 quincena entera, supuestamente era para celebrar su esfuerzo. Ernesto y Patricia, sus padres, habían orquestado el evento perfecto. Ernesto palmeaba la espalda de su hija frente a los 15 invitados, presumiendo: “Nosotros le enseñamos que en esta vida nada es gratis. El sacrificio forma el carácter”. Patricia asentía con 1 sonrisa ensayada, luciendo 1 collar de perlas que acababa de comprar.
Mariana había creído esa frase de “el sacrificio forma el carácter” durante 4 largos años. Para ella, la famosa “independencia” que sus padres le regalaron significó trabajar turnos dobles. Entraba a las 6 de la mañana a 1 cafetería por la zona de Chapultepec, soportando clientes groseros, y luego corría a acomodar libros en la biblioteca universitaria. Significó sobrevivir semanas enteras comiendo sopas instantáneas o el pan dulce del día anterior que 1 señora le regalaba a escondidas.
Recordaba nítidamente 1 tarde en 2do semestre. Estaba parada en 1 Oxxo, sosteniendo 1 manzana que costaba 12 pesos. En su bolsillo solo tenía 38 pesos para sobrevivir hasta el viernes. Si compraba la fruta, no tendría para pagar el camión de las siguientes 2 mañanas. Dejó la manzana y salió sintiéndose miserable. También recordaba cuando trabajó con 39 grados de fiebre, sirviendo capuchinos, porque sus padres, que celebraban 25 años de casados en 1 hotel boutique en Tequila, le dijeron por teléfono que “fuera fuerte y se tomara 1 té de manzanilla”.
Pero esa noche de graduación, Mariana intentaba olvidar. Llevaba 1 vestido azul que compró en 1 tienda de ropa usada, mientras su hermano Diego, de 25 años, presumía las llaves del auto seminuevo que sus padres le financiaban, además de su reciente viaje a Cancún con 5 amigos.
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