No rompió platos. No se arrancó el rebozo del cuello. No le lanzó maldiciones al hombre con el que había compartido treinta años de su vida. Se quedó quieta, con la canasta todavía en la mano, mirando su propia cama como si estuviera viendo la cama de otra mujer, la desgracia de otra mujer, la humillación de otra mujer. Pero no. Era la suya. Su colchón hundido de un lado, la colcha de flores que ella misma había cosido remendando retazos viejos, la cabecera de madera que Gregorio clavó una tarde de julio cuando todavía parecía un hombre digno. Y encima de esa cama, borracho, sudado y furioso, estaba su marido con una mujer más joven, una mujer de blusa brillante y perfume barato que se tapó hasta la barbilla al ver entrar a Teresa.

Durante un segundo que pareció eterno, el mundo entero se quedó sin aire.

Teresa traía los pies ardiendo de tanto caminar desde la feria, las manos olorosas a pan de elote, a queso fresco, a hojas de maíz. Había vendido poco aquel viernes. El sol estuvo duro y la gente compró menos de lo normal. Le sobraron tamales. Le sobraron empanadas. Le sobró pan. Siempre sabía cómo aprovechar lo que no se vendía. Una parte para la cena, otra para el desayuno, otra para los perros. Toda la vida había sabido convertir las sobras en alimento, el cansancio en costumbre y la tristeza en silencio.

Pero aquello no se podía convertir en nada.