En la ciudad todavía no amanecía cuando Manuel Serrano metía la llave en la puerta lateral del colegio San Martín. Lo había hecho durante tantos años que su cuerpo ya conocía el movimiento de memoria: empujar, esperar el chirrido leve de la bisagra, sentir el aire frío de los pasillos vacíos y entrar con el termo de café bajo el brazo, como si también él fuera parte del edificio. Durante treinta y cuatro años, Manuel había sido el primero en llegar y casi siempre el último en irse.
Era un hombre sencillo, callado, de esos que no hacen ruido, pero sostienen el mundo desde abajo. Tenía las manos agrietadas por el cloro, la grasa de cerradura y el cemento seco; la espalda encorvada de cargar cajas, mover pupitres, destapar tuberías y cambiar focos en escaleras inestables; y una vieja chaqueta marrón que, más que prenda, parecía compañera de batalla. No usaba traje, no daba órdenes, no aparecía en las fotografías de fin de curso ni en las reuniones importantes. Pero si una puerta se atoraba, él la arreglaba. Si el baño se inundaba, él lo limpiaba. Si el techo goteaba, él subía. Si algo se rompía, Manuel encontraba la forma de repararlo, aunque tuviera que poner dinero de su bolsa.
Vivía modestamente en una casa pequeña a pocas calles del colegio. No tenía lujos. Tenía una mesa vieja con tres sillas desiguales, una cocina estrecha, una radio que a veces fallaba, y una habitación que durante años permaneció cerrada. Esa habitación había sido de su hijo, Álvaro, el niño que perdió demasiado pronto en un hospital cuyo recuerdo todavía le apretaba el pecho. Desde entonces, Manuel había aprendido a caminar con la tristeza metida en los huesos, sin hablar mucho de ella, como hacen muchos hombres buenos: en silencio.
Todo pudo haber seguido igual, gris pero estable, si no fuera porque una madrugada, cuando el aparcamiento del colegio todavía estaba vacío y el cielo apenas insinuaba claridad, Manuel escuchó un llanto dentro del gimnasio.
Al principio pensó que sería un gato. Luego se dio cuenta de que no. Era el llanto desesperado de un bebé.
Avanzó despacio, alumbrando con la linterna hasta que la luz cayó sobre una caja de cartón arrinconada junto a las gradas. Adentro, envuelta en una manta azul con dibujos amarillos, había una recién nacida, roja de tanto llorar, con los puñitos apretados y la carita arrugada por el frío. Sujetada con un imperdible a la manta, encontró una nota escrita a mano.
“Por favor, cuiden de ella.”
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