PARTE 1
Durante 12 largos años, todos los vecinos de la colonia en la Ciudad de México le repetían a Mercedes que era una mujer tocada por la suerte. Cada mes de diciembre, sin falta, una transferencia bancaria de 100,000 dólares aterrizaba en su cuenta. La gente comentaba en los mercados y en las calles que su hija Isabela sí había salido buena, que no se había olvidado de su madre a pesar de vivir al otro lado del mundo. Mercedes siempre respondía con una sonrisa amable, pero por dentro, el alma se le caía a pedazos.
Porque una verdadera madre no necesita 100,000 dólares. Una madre necesita escuchar la voz de su hija preguntando cómo está el clima, necesita saber si ya comió, necesita verla cruzar la puerta, aunque sea con problemas o cansada, pero viva y cerca.
Isabela había abandonado México a los 21 años. Se había ido perdidamente enamorada de Kim Jae-hyun, un muchacho asiático, callado y de modales impecables que conoció mientras ambos estudiaban diseño en la colonia Roma Norte. En el aeropuerto, antes de abordar, ese hombre le había tomado las manos a Mercedes y, con un español torpe pero firme, le juró mirándola a los ojos que él cuidaría de Isabela para siempre. Mercedes confió. Cuando una madre ve el brillo de esperanza y amor en los ojos de su hija, se traga sus propios miedos para no cortarle las alas.
Los primeros años fueron de llamadas constantes. Luego, las llamadas se redujeron a audios breves. Después, solo mensajes de texto fríos y distantes que decían que estaba bien, que Jae-hyun la cuidaba, que extrañaba México. Hasta que, un día, el silencio absoluto se tragó a Isabela. Solo quedaron los depósitos anuales y un número internacional que mandaba directo al buzón de voz.
Pero este último diciembre, la transferencia de 100,000 dólares llegó con un detalle que paralizó el corazón de Mercedes. No había un mensaje de felicitación navideña. La nota bancaria solo contenía dos palabras: “Perdóname, mamá”.
El pánico se apoderó de ella. Ese mismo día, sin avisarle a nadie, vació sus ahorros y compró un boleto directo a Seúl. En su maleta empacó un frasco de mole poblano, una bufanda roja que ella misma había tejido a mano, varias cajas de mazapanes y una fotografía escolar de Isabela a los 15 años.
El vuelo fue una tortura interminable. Mercedes llegó a Corea del Sur con el cuerpo adolorido y el espíritu lleno de angustia. El invierno asiático era cruel, no olía a ponche ni a calor de hogar; olía a hielo, a metal y a una soledad aplastante. Un taxi la dejó frente a la dirección que había guardado como un tesoro durante 12 años. Era un edificio residencial de lujo, inmenso y escalofriantemente silencioso.
Tras lidiar con la barrera del idioma en la recepción, logró subir al piso 17. Caminó por un pasillo inmaculado hasta detenerse frente al departamento 1704. Se acomodó el rebozo, apretó la bufanda roja contra su pecho y tocó el timbre 3 veces. Nadie respondió. Sin embargo, notó que la puerta principal no estaba cerrada del todo.
Mercedes empujó la pesada madera y cruzó el umbral. El interior no olía a familia; apestaba a cloro, a medicamentos fuertes y a comida rancia. Dio unos pasos hacia la enorme sala y entonces el mundo se le vino abajo.
En el centro de la habitación, sobre una mesa, descansaba un retrato gigante de Isabela. Su hija lucía extremadamente delgada, pálida y con una extraña cicatriz en el cuello. La fotografía estaba enmarcada con un imponente moño negro. A los lados, decenas de veladoras parpadeaban, y frente al altar, 3 niños pequeños de rasgos coreanos, pero con los mismos ojos grandes y dulces de Isabela, estaban hincados rezando.
Las rodillas de Mercedes cedieron. Un gemido de terror escapó de su garganta. Los 3 niños se voltearon asustados, mirándola como si fuera un fantasma, y la mayor soltó un grito en coreano.
Unos pasos apresurados resonaron a sus espaldas. Mercedes giró y se topó de frente con Jae-hyun. Lucía demacrado, envejecido y sostenía una bolsa de farmacia. Al reconocer a su suegra, el hombre palideció por completo; la bolsa cayó de sus manos y los frascos rodaron por el suelo de madera.
—Señora Mercedes… —susurró él, con la voz temblorosa de quien ha sido descubierto en su peor crimen.
Mercedes se acercó a él, ciega de dolor. Le exigió saber dónde estaba su hija. Jae-hyun miró el altar, bajó la mirada y, con lágrimas en los ojos, sentenció:
—Usted no debía venir.
En ese instante, una de las puertas al fondo del pasillo se abrió lentamente. Una anciana coreana, de mirada dura y delantal gris, salió sosteniendo una bandeja metálica con gasas y una jeringa llena de un líquido transparente. La mujer le gritó furiosa a Jae-hyun. Antes de que la anciana pudiera cerrar la puerta de la habitación a sus espaldas, un sonido desgarrador escapó desde la oscuridad del cuarto. Era un gemido débil, ronco, como el de un animal malherido.
El corazón de Mercedes se detuvo. Jae-hyun intentó agarrarla del brazo para detenerla, pero la furia de la madre mexicana estalló. Mercedes se soltó de un tirón, miró la puerta entreabierta y supo que no podía creer lo que estaba a punto de suceder…
PARTE 2
Mercedes no lo pensó 2 veces. Con una fuerza que no sabía que tenía, empujó a Jae-hyun y corrió por el pasillo. La anciana coreana gritó enfurecida, los 3 niños comenzaron a llorar aterrorizados, pero nada iba a detener a una madre a la que le habían arrebatado a su cría.
Abrió la puerta de golpe. La habitación estaba en penumbras, iluminada apenas por la luz gris que se colaba por unas pesadas cortinas blancas. Allí, sobre una cama médica, yacía un cuerpo frágil, conectado a monitores que parpadeaban en silencio. Mercedes se acercó temblando. Vio una mano esquelética que descansaba sobre la sábana. En la muñeca, colgaba una pulsera de hilo rojo, desgastada y sucia. Era la misma pulsera de la buena suerte que Mercedes le había amarrado a Isabela antes de un concurso escolar de dibujo en México.
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