PARTE 1
El aire acondicionado del lujoso salón en Paseo de la Reforma apenas lograba disipar la asfixiante atmósfera de hipocresía. En la gala benéfica más exclusiva de la Ciudad de México, donde los vestidos de diseñador costaban lo mismo que un departamento en Polanco, una sola mujer rompía el molde.
Estaba de pie junto a la barra, sosteniendo un vaso de agua mineral. Llevaba un huipil tradicional oaxaqueño, tejido a mano. Sus hilos en tonos terracota, turquesa y amarillo cempasúchil formaban un jardín vibrante sobre la tela color crema. En cualquier mercado de Coyoacán, habría sido una obra de arte digna de admiración, pero allí, rodeada de diamantes y trajes a la medida, parecía un error de cálculo.
—¿Quién dejó entrar a la servidumbre? —susurró Mauricio Montiel, inclinando su copa de champán.
Mauricio no era solo el vicepresidente de Montiel Capital; era el primo hermano de Santiago, un hombre que llevaba 15 años tragándose el veneno de ser el “segundo al mando” en la empresa familiar.
Santiago Montiel, el implacable director general, siguió la mirada de su primo. Observó a la mujer durante 3 segundos. Había algo en su calma que le hervía la sangre. Esa mujer estaba de pie entre la élite como si no necesitara el permiso de nadie. Le recordaba un pasado que él había enterrado con trajes italianos y relojes suizos.
—Voy a ubicarla un poco —dijo Santiago, con el tono frío que usaba para liquidar empresas.
—No lo hagas, primo… —respondió Mauricio, aunque sus ojos brillaron con una malicia que Santiago no notó. Mientras Santiago avanzaba, Mauricio deslizó discretamente su celular, activando la cámara.
Santiago se detuvo a 1 metro de la mujer. Ella no lo miró; seguía observando los candelabros de cristal con una paz inquebrantable.
—Disculpe —dijo él, con una cortesía tan afilada como un cuchillo—. Ese vestido… es muy folclórico. Supongo que venía a vender artesanías a La Ciudadela y terminó colándose por la puerta de servicio.
A su alrededor, 2 empresarios de Monterrey contuvieron la respiración. La mujer giró lentamente. En su rostro no había furia ni vergüenza. Solo había lástima.
—Qué interesante perspectiva —respondió ella en voz baja. Tomó su vaso y caminó hacia el escenario, dejándolo con la palabra en la boca.
Santiago regresó con su primo, sintiendo una extraña espina en la garganta.
—No tiene sentido del humor —masculló.
Las luces bajaron. El maestro de ceremonias tomó el micrófono bajo el eco del salón.
—Damas y caballeros, esta noche honramos a la benefactora más grande de la Fundación Raíces Vivas. Su generosidad ha sostenido clínicas en Oaxaca y Chiapas desde el anonimato. Per
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