PARTE 1
—Esa mujer se cree muy lista, pero en cuanto firme, la sacamos de aquí sin un peso.
La frase salió desde la cocina, seca, fría, como cuchillo en plato de barro.
Valeria Mendoza se quedó parada en el pasillo de su propia casa, con las llaves todavía en la mano y el corazón atorado en la garganta.
Tenía 36 años y llevaba casi 11 casada con Mauricio Salgado, el hombre que todas sus tías llamaban “un partidazo”. Educado, trabajador, de camisa planchada, sonrisa tranquila y esas palabras dulces que en las reuniones familiares siempre suenan a bendición.
Vivían en una casa vieja de la colonia Santa María la Ribera, en la Ciudad de México. No era mansión, pero tenía techos altos, pisos antiguos, un patio con macetas de bugambilia y una cocina donde su mamá había preparado mole cada Navidad.
Esa casa era lo único que Valeria conservaba de sus padres.
Su papá se la dejó antes de morir, con una advertencia que ella nunca quiso tomar demasiado en serio:
—Hija, el amor no se prueba con escrituras. Acuérdate de eso.
Pero Valeria estaba enamorada.
Mauricio le decía “mi reina”, “mi vida”, “la mujer que me salvó”. Le llevaba café a la cama, le mandaba mensajes con corazones y lloró en el funeral de su suegra como si el dolor también fuera suyo.
Por eso ella aguantó demasiadas cosas.
Aguantó a doña Graciela, su suegra, que frente a todos la abrazaba con cara de santa.
—Ay, mi Vale, qué linda te ves.
Pero cuando nadie escuchaba, soltaba frases con veneno.
—Con razón Mauricio anda tan cansado, pobre, con una mujer que ya ni se arregla.
—Las casas grandes necesitan una mujer más despierta, no una soñadora.
—Mi hijo merece tranquilidad, no cargar con tus traumas.
Valeria se quedaba callada. No quería pleitos. No quería poner a Mauricio entre su madre y ella. Pensaba que ser buena esposa significaba tragarse la humillación.
Hasta esa tarde.
Había vuelto temprano del despacho porque cancelaron una junta. Entró sin hacer ruido, pensando en calentar caldo de res y dormir un rato.
Entonces escuchó la voz de Mauricio.
—Todavía no firma, mamá. Pero ya casi. Le dije que poner la casa a nombre de los 2 nos protegería si algo me pasaba.
Valeria sintió que la sangre se le fue a los pies.
Del altavoz salió la voz de doña Graciela:
—Pues apúrate, mijo. Esa casa vale oro. Convéncela con tus cursilerías. Ya después le pides el divorcio y vemos cómo la presionamos.
Mauricio soltó una risa bajita.
—Neta, a veces me da hasta flojera tocarla. Pero esa casa compensa todo. La mensa cree que la amo.
Valeria no gritó.
No lloró.
Se quedó detrás de la pared, escuchando cómo el hombre que le besaba la frente cada noche hablaba de ella como si fuera una bolsa vieja que estorbaba.
—Con 2 cenas bonitas, una escapada a Valle de Bravo y tantito drama, firma —dijo él—. Valeria siempre cae cuando le hablo bonito.
Doña Graciela respondió:
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