PARTE 1
Elena Morales lloró todo el camino con una bolsa de ropa apretada contra el pecho.
Dentro llevaba 2 blusas, sus medicinas, un rebozo viejo y una foto de Ricardo, su esposo muerto.
Sofía manejaba en silencio por Periférico, sin voltear a verla.
La lluvia caía fuerte sobre el parabrisas y los limpiadores sonaban como un reloj marcando una despedida.
Elena tenía 64 años.
A los 39 enviudó de golpe, una mañana cualquiera, cuando Ricardo se llevó la mano al pecho antes de terminar su café.
No hubo aviso.
No hubo despedida.
Solo una taza medio llena, una silla vacía y una niña de 5 años preguntando por su papá en el pasillo de un hospital.
Sofía no era hija de sangre de Elena.
Ricardo ya la tenía cuando Elena se casó con él, pero desde el primer día la quiso como si le hubiera salido del cuerpo.
La niña era flaquita, seria, con unos ojos enormes y una muñeca sin zapato.
Esa noche, Elena la cargó hasta un taxi.
Sofía le preguntó bajito:
—¿Ahora quién me va a querer?
Elena le acomodó el suéter empapado de lágrimas y le contestó:
—Yo, mi niña. Yo te voy a querer por los 2.
Y lo cumplió.
Le hizo trenzas para la primaria.
Le cosió disfraces para los festivales.
Vendió sus aretes de oro para pagar una secundaria particular.
Planchó ropa ajena en la colonia Portales cuando la pensión no alcanzaba.
La cuidó en la varicela.
La abrazó cuando su primer novio la dejó llorando afuera de una papelería.
Cuando Sofía entró a la UNAM, Elena lloró como si hubiera ganado la lotería.
—Mamá, ya, todos están viendo —le dijo Sofía, roja de pena.
Mamá.
Esa palabra le devolvió la vida.
Por eso dolía tanto verla ahora manejando sin decir nada.
Sofía había cambiado en los últimos meses.
Antes llamaba todas las noches para preguntar si Elena ya había cenado.
Antes llegaba los domingos con pan dulce y se quedaba a comer mole de olla.
Antes le revisaba las pastillas, le compraba lentes, le decía que no cargara bolsas pesadas.
Luego llegaron las prisas.
—Tengo junta, mamá.
Después los silencios.
—Estoy cansada, luego te explico.
Y finalmente esa noche.
Sofía apareció bajo la lluvia, pálida, con el cabello mojado y una carpeta negra bajo el brazo.
No quiso cenar.
No se sentó.
Solo miró la casa como si fuera la última vez.
—Mamá, empaca tus cosas.
A Elena se le helaron las manos.
—¿Qué cosas?
—Lo necesario. Medicinas, documentos, ropa cómoda. No metas mucho.
La cuchara cayó dentro del plato.
—¿A dónde vamos?
Sofía apretó la carpeta contra el pecho.
—Luego te explico.
Luego.
Esa palabra le sonó a sentencia.
Elena había escuchado historias horribles en la fila del Seguro.
Hijos que llevaban a sus madres “unos días” a una casa de retiro y después ya no contestaban.
Hijas que pagaban el primer mes y luego se hacían las ocupadas.
Abuelas mirando por la ventana, esperando visitas que jamás llegaban.
Elena tragó saliva.
—¿Me vas a dejar en un asilo?
Sofía cerró los ojos.
No dijo que no.
Y para Elena, eso fue suficiente.
Entró al cuarto con las piernas flojas.
Abrió el clóset.
Metió 2 blusas, sus pantuflas, un suéter gris y la foto de Ricardo.
Después sacó de una caja el certificado de adopción de Sofía, doblado dentro de una bolsa de plástico.
Al tocarlo, se quebró.
Ahí estaba su nombre.
Sofía Morales Salgado.
Su hija.
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