Anna quedó con un ojo morado, pero sus padres no dijeron ni una palabra. En cuanto se marcharon, su marido se relajó un poco y sonrió con aparente satisfacción. Sin embargo, esta sensación duró poco: quince minutos después, la cerradura volvió a sonar.
Anna se esforzaba por mantener la apariencia de una familia feliz. Dmitry, convencido de su derecho a imponer sus reglas, regresó a casa con olor a alcohol y una expresión de irritación. Con el bebé en brazos, intentaba anticiparse a su estado de ánimo para evitar otro arrebato de ira. Pero tras la máscara de esposa y madre cariñosa se escondían moretones cada vez más difíciles de explicar, sobre todo a sus padres, cuya mirada atenta notaba más de lo que ella quería mostrar.
El sábado, cuando Irina Sergeyevna y Viktor Andreevich vinieron de visita, el apartamento estaba impecablemente limpio y el aroma a manzanas emanaba del pastel sobre la mesa. Anna, con un vestido rojo y maquillaje impecable, intentó sonreír, pero el moretón bajo su ojo delataba la realidad que intentaba ocultar.
Los padres guardaron silencio, pero sus miradas ansiosas y preguntas cautelosas lo decían todo. Dmitry, con su habitual amabilidad, sirvió vino y bromeó, pero tras su sonrisa se vislumbraba una pizca de amenaza. Cuando los invitados se marcharon, se relajó de nuevo, sonriendo, confiado en tener la situación bajo control. Anna, mientras recogía la mesa, sintió cómo su esperanza se desvanecía poco a poco bajo la presión de su mirada.
Su paz no duró mucho. Quince minutos después, el cerrojo de la puerta principal volvió a sonar y unos pasos pesados resonaron por todo el apartamento.
Anna sintió que su cuerpo se tensaba por la anticipación. Cada paso de Dmitry resonaba con fuerza en su pecho, como si le advirtiera de un conflicto inevitable. El bebé se removió suavemente en sus brazos, percibiendo la ansiedad de su madre, y Anna se recordó mentalmente que debía mantener la calma. Sabía que cualquier paso en falso podría desencadenar una tormenta difícil de detener.
Dmitry entró en la habitación y enseguida se fijó en el pequeño reflejo del moretón bajo su ojo. No dijo ni una palabra, pero la tensión se palpaba en el ambiente como una nube de tormenta. Anna intentó no mirarlo directamente, sintiendo cómo cada segundo se prolongaba y le pesaba en los nervios. Comprendió: era importante seguir siendo parte de la rutina familiar en ese momento, para evitar irritarlo.
—Otra vez tú… —comenzó Dmitry, pero luego hizo una pausa vacilante, como dudando si continuar. Apretó los labios y dirigió la mirada al bebé—. ¿Está todo bien?
Anna asintió, intentando mantener la voz firme y tranquila. “Sí, todo está bien. Durmió casi todo el día, solo lo acosté.”
Dmitry asintió levemente, como si estuviera de acuerdo con la explicación, pero la tensión persistía. Se acercó a la ventana, donde los rayos del sol iluminaban suavemente la habitación, y respiró hondo, intentando ocultar el torrente de emociones que lo embargaban. Anna observaba cada uno de sus movimientos, fijándose en los detalles: la forma en que movía los hombros, cómo apretaba los puños, cómo su mirada se detenía brevemente en cosas aparentemente ordinarias que adquirían significado en sus ojos.
En ese instante, el bebé comenzó a moverse y Anna, instintivamente, lo estrechó contra su pecho. Dmitry la miró, y su mirada reflejaba algo incomprensible: una mezcla de ternura, control y una amenaza latente. Sabía que él era capaz de sacar provecho de cualquier situación, y esta constatación le provocó un temor silencioso.
—Anna —dijo finalmente, sin apartar la mirada—, ¿no piensas a veces en que tus acciones tienen consecuencias?
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