ANUNCIO

Vi a mi exesposa recogiendo basura con dos bebés rubios en brazos… y en ese instante entendí que tal vez había destruido a mi propia familia.

ANUNCIO
ANUNCIO

Emiliano no colgó de inmediato.

Siguió con el teléfono pegado al oído, la mandíbula tan apretada que le dolían los dientes, mientras contemplaba a través del ventanal de su oficina el bosque de edificios que él mismo había ayudado a levantar. Torres de vidrio, centros comerciales, urbanizaciones de lujo. Ciudades enteras obedecían a su firma. Cientos de hombres lo llamaban visionario. Otros tantos lo llamaban despiadado.

Y, sin embargo, en aquel instante no se sentía dueño de nada.

Solo era un hombre sentado en una oficina inmensa, con un traje impecable y el alma podrida por una imagen imposible de borrar: Lucía, su Lucía, caminando al borde de una carretera con dos bebés rubios atados al pecho, recogiendo basura bajo el sol.

—Dame veinticuatro horas —dijo por fin Ignacio Vargas al otro lado de la línea—. En cuarenta y ocho tendrás un primer informe serio. Pero si lo que sospechas es cierto, no querrás actuar por impulso.

—No voy a actuar por impulso —mintió Emiliano.

Ignacio guardó silencio unos segundos.

—Tú nunca me llamas cuando solo estás molesto —dijo con voz baja—. Me llamas cuando estás dispuesto a destruir algo.

Emiliano cerró los ojos.

—Esta vez lo que destruí fui yo.

Colgó y se dejó caer en la silla de cuero. Durante mucho tiempo no hizo nada. No leyó correos. No atendió llamadas. Ni siquiera se movió cuando su asistente tocó la puerta dos veces para recordarle una junta con inversionistas extranjeros.

La canceló todo.

A las siete de la noche, la ciudad comenzó a encenderse más allá del cristal. Emiliano seguía allí. Y cada minuto que pasaba sentía más asco de sí mismo.

Recordó la noche en que expulsó a Lucía.

Había sido invierno. Un frente frío extraño en una ciudad acostumbrada al calor. Ella temblaba, no sabía si de miedo o de rabia, con las manos aferradas al vientre bajo un vestido crema. Él lo recordaba ahora con precisión insoportable: ese gesto breve, casi instintivo, con que ella protegía su abdomen cada vez que Valeria lanzaba una acusación nueva.

“Por favor, escúchame… yo estoy…”

Eso había dicho.

Él nunca le permitió terminar.

La respiración se le cortó.

—Dios mío —murmuró—. Ibas a decírmelo.

Se puso de pie de golpe y descargó el puño contra el escritorio. El vidrio templado vibró. No se rompió, pero el dolor le subió por el brazo y lo recibió como un castigo merecido.

Aquella noche no regresó a la mansión.

Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»

ANUNCIO
ANUNCIO