—Mamá… soy yo.
No era la voz firme de Daniel. Era más joven. Más frágil.
Abrí la puerta con las manos heladas.
Era Mateo, mi nieto mayor. Tenía doce años, el cabello despeinado y los ojos rojos como si hubiera llorado durante horas. Detrás de él estaba Daniel, con el rostro descompuesto, sin esa seguridad que usaba como traje.
—¿Qué hacen aquí? —pregunté en un susurro.
Mateo no respondió. Se lanzó a abrazarme con una fuerza que casi me tiró hacia atrás.
—Pensé que te habías ido para siempre, abuela.
Sentí algo romperse dentro de mí.
Daniel entró despacio, cerró la puerta y se quedó de pie, como si no supiera dónde poner las manos.
—Mamá… cometí un error.
Yo lo miré. No con rabia. No con lágrimas. Solo con cansancio.
—No fue solo ayer, Daniel.
Se sentó en la única silla de la habitación. Se veía más pequeño, como cuando estudiaba en la mesa de la cocina mientras yo planchaba uniformes.
—No sabía que te sentías así.
Solté una risa breve, sin alegría.
—No sabías porque nunca preguntaste.
El silencio llenó el cuarto. Afuera el mar seguía respirando, ajeno a nuestras heridas.
Mateo se sentó a mi lado en la cama.
—Papá y mamá estaban peleando —dijo en voz baja—. Dijeron que exageraste. Pero Sofi lloró toda la noche. Yo también.
Daniel se llevó las manos al rostro.
—He estado viviendo con miedo, mamá.
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