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8 meses después de abandonarla, la vio en la calle y descubrió una mentira que le destrozó el alma…

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Aquel hombre severo que lo obligó a casarse cayó en cama tras un derrame cerebral. Diego pasó largas horas en el hospital, observando el cuerpo frágil del hombre que siempre le habló de deber y reputación.

Una tarde, su padre, con voz débil, le dijo:

—Hijo… ¿eres feliz?

Diego no supo qué responder.

Esa noche, por primera vez en su vida, lloró sin testigos.

Ocho meses después de haber abandonado a Elena, caminaba por el centro de Monterrey, sumido en pensamientos grises, cuando la vio.

Elena estaba al otro lado de la calle.

Llevaba un vestido sencillo y el cabello recogido. Sostenía de la mano a una niña pequeña de rizos oscuros.

El mundo se detuvo.

Sofía reía mientras señalaba unos globos de colores. Elena sonreía con una luz que Diego jamás le había visto. No era la sonrisa tímida de antes. Era una sonrisa completa.

El corazón de Diego comenzó a latir con violencia.

Cruzó la calle casi sin darse cuenta.

—Elena…

Ella se giró lentamente. Sus ojos lo reconocieron, pero no se quebraron. No había odio, ni amor. Solo serenidad.

—Hola, Diego.

Su voz era firme.

Diego miró a la niña. Los ojos. Eran sus ojos.

—¿Es…?

—Sí —respondió ella—. Se llama Sofía.

La niña observó a Diego con curiosidad.

—¿Quién es, mamá?

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